Raíces arrancadas

Text: Ruben Lores i Rafa Dominguez

Aquella mañana del cuatro de enero de 1912 fue el detonante para un muchacho de Benicarló que iniciaba su vida fuera de las tierras que le vieron nacer. Un cielo azul que intimidaba ofrecía un frío descomunal en el puerto de Barcelona: 2º C marcaba el termómetro. Un barco, el Salta Plata, estaba a punto de partir. Cubría la ruta Marsella–Barcelona–Almería–Cádiz–Dakar–Río–Montevideo–Buenos Aires. En sus bodegas y cubiertas, más de 1.200 personas, en su mayoría emigrantes españoles.

Entre ellos, un joven benicarlando de apenas quince años: Miguel Gellida Machordom. Le acompañaban otros dos vecinos: Francisco Ferrer Ramón, de 23 años, y Remigio Lluch Miralles, de 17. Podemos imaginar el bullicio del puerto en 1912. Pero nunca podremos sentir el vacío interior de aquel chaval que se alejaba de su pueblo, de sus padres, quizá mirando por última vez la costa levantina mientras el barco tomaba rumbo al sur. El viaje hasta Buenos Aires duraba veinte días.

Demasiado tiempo para pensar. Demasiado poco para entenderlo todo. ¿Por qué se marchaba un chico de quince años? La respuesta estaba lejos, en África. La llamada a quintas llegaba entre los 18 y los 20 años. Y muchas familias pobres sabían lo que eso significaba: una guerra lejana, dura y, demasiadas veces, un final sin regreso. Antonio, su padre, lo sabía. Y no dudó. Tomó una decisión que marcó a toda una generación: prefería a su hijo lejos, pero vivo… que un telegrama con una sola palabra: “Desaparecido”.

El Salta Plata fue u barco de la Societé Generale de Transports Maritimes, de 7384 toneladas, culminado en 1911. Cubría la ruta de Marsella a América del Sur. Fue charteado por el gobierno Británico como vapor hospital al poco tiempo de estallar la guerra y el 10 de abril de 1917 se hundió al chocar con una mina en Le Havre.

Cuando el Salta Plata entró en la bahía de Buenos Aires, podemos imaginar los vítores arrancando de las gargantas de los pasajeros. Debió de haber alivio, ruido, esperanza. Allí, como tantos otros, Miguel pasó por el hotel de emigrantes: cinco días de acogida antes de ser destinado a donde hiciera falta mano de obra. Muchas veces, a las vegas del Paraná o Mendoza, donde la vid y los frutales necesitaban brazos. Allí empezaba otra vida.

Una vida sin raíces visibles, pero con una necesidad clara: aprender un oficio, trabajar duro y sobrevivir a los recuerdos que, cada noche, venían a buscarle. A partir de ese momento, la historia de Miguel deja de ser excepcional… para convertirse en representativa de toda una generación. …/…

Años después, su rastro aparece en Francia. En 1921 figura en un censo francés, en Nezignan-l’Évêque (Hérault). Está casado con Vicenta Martí, de Alcalá de Xivert, y trabaja como tonelero. No es casualidad: la zona es profundamente vinícola, y muchos emigrantes —también de Benicarló— encontraron allí una forma de reconstruirse. En 1931 figura en Montblanc, también en el Hérault. Su familia ha crecido: tres hijos —Henri, Jules y René—, nacidos ya en suelo francés, reflejo de una integración progresiva en el entorno que los acogía.

Miguel se mueve por el Languedoc siguiendo el mismo hilo conductor: el vino, la tierra, el trabajo constante. Durante la Guerra Civil española se instala en Valras-Plage, donde nace su cuarto hijo, Gilbert. Tiene entonces 40 años. No regresa. Como tantos otros.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los datos se vuelven más difusos, pero el recorrido familiar continúa hacia Burdeos, donde sus hijos desarrollan una actividad vinculada al comercio del vino. La bodega familiar permanecerá activa hasta 1987. Miguel Gellida Machordom, hijo de Antonio Gellida y Antonia Machordom, murió en Béziers a los 95 años. Allí permanece enterrado.

Su historia no es solo la de un hombre. Es, en este caso, la decisión de un padre que, para salvar a su hijo, lo alejó para siempre de su origen. Y es también la historia de una generación que cambió de país sin dejar de pertenecer a ninguno. Una historia que explica por qué, aún hoy, muchos de sus descendientes regresan a Benicarló en busca de respuestas.

Uno de sus nietos, Paskal Gellida, ha desarrollado una destacada trayectoria en el ámbito financiero en Francia. Llegó a ser presidente de BNP Paribas. Pero más allá de los caminos individuales, lo que permanece es el origen. Porque todo empezó aquella mañana fría de enero de 1912, cuando un chico de Benicarló subió a un barco sin saber que su vida —y la de los suyos— iba a escribirse lejos de casa. La historia de Miguel no fue una excepción. Fue la de tantos jóvenes que se marcharon sin querer hacerlo, empujados por decisiones que no les pertenecían.

La memoria no está en los grandes hechos. Está en estas vidas. Y aunque la suya se escribiera lejos, nunca dejó de empezar en Benicarló.

Deixeu un comentari