Text: Santiago Pitarch
Algunos documentos tienen la virtud de ofrecernos algo más que información. Un joven médico destinado en el Benicarló de 1830 nos da la oportunidad de ver, a través de sus ojos, el paisaje humano que la localidad le ofrecía. El Doctor Antonio Balaciart no elaboraba un simple informe sino una topografía médica.
En el siglo XIX se desarrolló el higienismo, corriente científica que, aplicada a la medicina, trataba de analizar las condiciones socioambientales de un lugar para poder tratar de forma más adecuada las enfermedades de sus habitantes.
El medio físico, creían, es totalmente determinante en la vida de las personas y especialmente en sus dolencias. Se trataba de una forma de pensar que se remonta al propio Hipócrates y su obra «De aëre, aquis et locis». Desde finales del siglo XVIII, bajo el amparo del ambiente intelectual de la Ilustración, comenzó a desarrollarse una política médica basada en la prevención. Por tanto, era necesario un profundo conocimiento de las realidades materiales para intentar mejorar la salubridad de la ciudad y los modos de vida, con el fin de prevenir y detener la propagación de enfermedades.
Este programa ilustrado nos habla, no obstante, de lo primitiva que continuaba siendo la medicina, pues los supuestos que se utilizaban, desde el análisis de las causas de las enfermedades hasta los tratamientos propuestos, poco tenían que ver con el conocimiento actual.
A las tradicionales preocupaciones sobre el clima, los alimentos y las aguas se unían nuevos temas que reflejaban la preocupación social: el trabajo excesivo, la explotación infantil, la contaminación, la vivienda, etcétera.
Llegados a este punto podemos citar a Rafael Alcaide González, de la Universidad de Barcelona, que nos da una buena definición de esta corriente científica:
La higiene abarcó todos los campos posibles de actuación en la relación entre la sociedad y las enfermedades, constituyéndose en una disciplina médico-social, por la estrecha relación que los profesionales de la medicina, en la puesta en práctica de sus conocimientos higiénicos, mantuvieron con la enfermedad propiamente dicha y con la problemática social de la población afectada. En palabras del gran higienista Rodríguez Méndez, “la higiene en su sentido más lato comprende el universo entero, en tanto que diversas partes de éste son capaces, directa o indirectamente, de obrar sobre los seres vivos. Cuanto influya en los organismos, otro tanto es objeto de su estudio; de aquí resulta la multiplicidad de materias que comprende y lo fecundas y abundantes que han de ser las fuentes de sus conocimientos”.
El primer paso que un médico adscrito a esta corriente intelectual debía realizar era una topografía médica. No era otra cosa que un análisis minucioso del medio en el que los potenciales pacientes habitaban. Desde el clima a la geología y desde las costumbres alimenticias a las culturales, el Doctor Antonio Balaciart nos describe el Benicarló que encuentra tras su paso por la Universidad de Valencia. El informe, de treinta páginas, se conserva en el Archivo de la Real Academia de Medicina de Cataluña. Es el segundo informe que manda a esta institución; el primero llevaba por título Historia médica de las irritaciones gastro-pulmonares ocasionadas por las lombrices en los habitantes de este pueblo de diferente sexo y todas las edades. Afirmaba que el 80% de las enfermedades de los benicarlandos venían acompañadas de lombrices. Lo achaca a una alimentación basada en harinas puesto que «los de Benicarló, exceptuando muy pocos, consumen la sémola de maíz, la hortaliza, las legumbres y alguna que otra vez la carne». Estas «calenturas verminosas» proponía tratarlas con «zumo de coralina con un poco de aceite y jarabe de menta». Puntualizaba que este remedio ya era tradicional: «(…) La coralina (vulgo hierba gusanera) ese remedio que usan en Benicarló para estos males. Su virtud vermífuga está tan acreditada entre estos habitantes que la prefieren a todo medicamento».
El segundo escrito es el que nos ocupa, llamado Bosquejo topográfico de la villa de Benicarló, considerado física y médicamente con relación a los pueblos limítrofes de Peñíscola, Vinaroz y Cálig. Balaciart introduce el texto explicando cómo el medio determina «tanto el estado de salud como el de enfermedad; porque el hombre se modifica por los agentes exteriores y si no fuese así, apenas existirían diferencias en la raza humana». Se puede apreciar que participa de la corriente transformista, un antecedente de la teoría de la evolución. Nuestro protagonista estaba al corriente de las teorías más punteras y controvertidas que se discutían en Europa y no dudaba en defenderlas públicamente, a pesar de que nos encontramos en la época más represiva del reinado de Fernando VII. Así, se atreve a referirse a «lo que la larga serie de los siglos mude o transforme, como lentamente va mudando y transformando la faz de la tierra».
No vamos a comentar el texto en toda su extensión sino que seleccionaremos algunos de los pasajes más interesantes. Veamos cómo describe a los benicarlandos de 1830 y la impresión que le produce la dureza de su vida diaria.
Los de Benicarló son todos labradores propietarios que trabajan sus tierras con mucho afán para poder mantenerse de un modo tan frugal, que en algunos ya toca en miseria por precisión. Reducidos a sacar su subsistencia de un trozo de tierra escaso y estéril, se ven precisados a un trabajo que no se conoce igual, para que de este modo produzca el terreno una multitud de cosechas, que, aunque pequeñas, compongan una suma suficiente para sus primeras necesidades, que las satisfacen de un modo bien escaso. Ocupados todo el día en el abrazo de la tierra, transforman los campos en amenos jardines, donde el adelanto en la agricultura se ostenta por todas partes. No habrá un pueblo cuyos habitantes con menos terreno saquen tantos productos como los de Benicarló, y el mayor elogio que se les puede hacer es repetir la exclamación de Cavanilles: «¡Qué ejemplo presenta Benicarló a España entera!». Cansados por el trabajo y enemigos de la ociosidad, marchan a los pueblos del Maestrazgo y serranía de Morella a vender los frutos de sus cosechas, por no poderlas consumir en este pueblo. Pacíficos por naturaleza y mayormente por no conocer el ocio, hallan el descanso de sus fatigas en el seno de su familia bajo el miserable techo de unas habitaciones fabricadas únicamente para lo que es preciso. Sus manjares frugales se reducen a una cabeza de ajos o cebolla y un pan por mañana y mediodía, comiendo por la noche un plato de sémola de maíz, las más veces preparadas solo con sal y aceite. En verano las frutas forman su principal alimento y por la noche una olla de varia hortaliza y legumbre, en la que la carne acompaña muy rara vez, llena las necesidades de estos pobladores. La clase de labradores más rica consume el pescado que da el mar, el cual es muy sabroso y a no ser los días festivos pocas veces usan la carne sino en sus enfermedades.
Sin reflexionar parece que los habitantes de este pueblo han de reunir alguna cantidad de dinero con lo que produce la tierra y lo poco que gastan; pero si se observa y considera los gastos que son indispensables para el cultivo de los campos, y lo poco que les valen las cosechas junto con el aumento de la población, pues a la par que crecen las cosechas se deben consumir para mantener el número de habitantes que cada día es mayor, se verá que apenas, como de hecho sucede, pueden ahorrar para hacer un segundo piso a sus habitaciones, cuando un matrimonio aumenta de familia. Es tanta la rebaja que han sufrido las cosechas, que la del vino que forma la riqueza del país, se pagaba años atrás para la exportación del extranjero a doce y catorce reales de vellón el cántaro y en el día se ha vendido en tiempos de cosecha a tres reales de vellón.
A pesar de estos sencillos alimentos y de la escasez de medios que tienen los pobladores para hacer más llevadero el continuo trabajo, viven sanos y robustos; su organización es bien formada; más pronto altos que bajos, buen color, fibra fuerte, y por lo general de un temperamento sanguíneo; de modo que los alimentos, aunque fueran del reino vegetal, estuvieran más bien condimentados, podrían mirarse a estos hombres como unos retratos de los primeros agrícolas. Gozan todos ellos de una buena salud, y llegan a una edad avanzada, (…) la vida dura 35 años.
Las pasiones rara vez se desenfrenaron lo que depende, si hemos de querer algunos sabios escritores, del género de alimentos, pues aquellos pueblos que son sobrios y se alimentan de vegetales, sus actos son suaves y la docilidad forma la marca honorífica de su honradez; al paso que los pueblos acostumbrados a comer del reino animal, llevan la fiereza por carácter, y sus anales con frecuencia se hallan manchados de sangre humana. En este pueblo aún no ha entrado el lujo, su vestir es tan sencillo como sus alimentos. Las mujeres con muy poca gracia y los hombres un remedo del labrador de la huerta de Valencia. Las mujeres compañeras inseparables del marido en el trabajo, ayudan a los hombres en el cultivo de la tierra, haciendo a veces las faenas más pesadas del agrícola; este es el motivo porque no se ven en este pueblo como en los demás de la costa del Mediterráneo, aquellos hermosos rostros y graciosos talles que tan frecuentes son en las demás poblaciones. Una vida activa, al paso que no deteriora la salud, tampoco marca las gracias de la juventud; unos rostros heridos por un sol de verano y regados con el sudor que les hace en derramar el trabajo, manifiestan unas facciones bien formadas, pero toscas y bruscas.
A pesar del mucho trabajo que tiene el labrador de Benicarló, vive contento, y su carácter es jovial, emanado de la alegría que inspiran los seres que rodean esta población. Estos seres que varían de mil modos, producen otras tantas sensaciones, que siendo graduadas, no las borra el hábito, y mantienen al hombre en un estado de excitación placentera, puesto que los seres vivientes participan de la influencia que tienen los agentes que lo rodean, de modo que se afligen en un bosque de cipreses, y ríen en una graciosa pradería.
(…)
Los habitantes de este terreno a pesar de la frugalidad de su comida, de la vida activa de que gozan, de los pocos vicios que los dominan y del hermoso clima que habitan, no se hallan exentos de dolencias. Es una verdad incontestable, que en todas las zonas, en diferentes latitudes y en diversas temperaturas se hallan causas para enfermar, y que por lo mismo, cada reino, cada provincia, cada ciudad y cada pueblo tiene sus enfermedades propias, de que al hombre no le es dado evadirse, y sí solo por medio de los conocimientos científicos precaverlas y curarlas, a no ser que pueda destruirse la fuente de donde trae su origen.
(…)
Estas son las enfermedades que se observan en Benicarló. Si damos una ojeada por los pueblos de Vinaroz, Càlig y Peñíscola que no están separados del primero más que por la rambla y colina que hemos dicho, las vemos tomar otro aspecto, porque cambian las causas de localidad y las costumbres de sus habitantes, como también su constitución.
En Vinaroz, el piso es más peñascoso; la agricultura no ostenta su poder y adelanto como en Benicarló; las cosechas no son tan numerosas; la huerta se halla sembrada de pocas casitas; no hay el menor lago, pues el Serabis de los antiguos cuando trae aguas las aboca en el Mediterráneo; no hay tanta humedad atmosférica, y sus habitantes son más ciudadanos que agrícolas: pueblo de marinería, hase introducido en él un lujo en alimentos y vestidos, que le tienen junto con el poco comercio en un estado de suma decadencia. Los habitantes son más morenos que los de Benicarló, y las mujeres más blancas, más hermosas y graciosas que las de los pueblos citados; la vida poltrona y ciudadana que disfrutan, las motiva todo esto. Su vestir es lujoso y gracioso, comparado con el de Benicarló y hasta en el hablar hay una notable diferencia. Aquí ya no se ven tantas enfermedades gástricas con síntomas de calenturas intermitentes, ni erupciones cutáneas, sino histéricos, hipocondría, menorragia, leucorrea, gastritis crónicas y todas las dolencias dependientes del aparato nervioso, porque la civilización y la educación está más adelantada.
En Cálig que por su situación es un pueblo sano y que debía haber muy pocas enfermedades, se ve frecuentes disenterías, efecto del mucho picante que usan y del vino que beben, el cual para que sea semejante al de Benicarló y darle aquel sabor astringente y seco que tiene, le mezclan yeso, alumbre y otras preparaciones, que obrando lentamente, crean una irritación crónica que por causas semejantes se hace aguda. Las intermitentes que se observan en esta parte, no son hijas del pueblo, sino de otros puntos más lejanos.
Peñíscola, situada en el mar y rodeada de unos campos llenos de azarques que forman los ojos manantiales de marjal, se diferencia más que todos: la agricultura está en abandono, los habitantes por poca inteligencia y por un cálculo errado, en vez de entregarse al cultivo de la tierra que les daría mayores bienes, se emplean en el comercio del pescado y en el frívolo trabajo de las manufacturas de sombreros de palma, lo que acarrea la vida poltrona, que junto con la humedad ocasionan las caquexias. Su carácter es apático, viven en pobres casas y sus trajes y edificios medio arruinados por el azote de la guerra, indican la miseria que hay en este pueblo. Es tal vez el más saludable de todos, y aunque en medio del agua y rodeado de eriales por cuyo motivo deberían ser allí endémicas las intermitentes, se evaden de ellas por dos causas patentes y poderosas. Primera, por la altura de la población sobre el nivel de los prados, y segunda porque el viento sudsudoeste que es el más frecuente, pasa por la población, y caminando de la ciudad a los montes del puerto, arrastran las humedades de los azarques situados al septentrión de la ciudad y limpian de este modo la atmósfera, ahuyentando los miasmas productores de las intermitentes. Este es el motivo porque los que habitan siempre en la ciudad, no padecen tercianas; al paso que los labradores por la precisión de guardar los frutos, pernoctan al aire libre y se afectan de esta dolencia.
Como el lector podrá observar, son muchas las afirmaciones que hoy consideraríamos incorrectas. Sin embargo, el texto también nos da una imagen del estado de desarrollo de la ciencia en una época que, al fin y al cabo, no es tan remota en el tiempo. Recordemos que la medicina, por no hablar de los comentarios «antropológicos» de Balaciart, defendía, en 1830, conceptos puramente premodernos. La teoría miasmática, a la que hace referencia explícita, nos la explica María José Báguena Cervellera:
Los hipocráticos, basados en la idea del equilibrio entre el hombre y su entorno, creían que las epidemias eran causadas por la conjunción de condiciones atmosféricas y locales, lo que llevó a la noción de «constitución epidémica». Durante la Edad Media, fue general la opinión de que la enfermedad la producía una alteración o corrupción de la atmósfera. El aire estaba polucionado por miasmas, exhalaciones nocivas que provenían de la materia orgánica en descomposición o del agua estancada, y que producían la enfermedad por alteración de los humores corporales.
Teniendo en cuenta este marco conceptual, es comprensible que un médico de la época considerase las enfermedades de los peñiscolanos relacionadas con las aguas estancadas del prado, que creaban unas miasmas que llegaban a Benicarló, afectando también a los labradores que tenían la mala costumbre de dormir a la intemperie cuando la climatología lo permitía.
De entre las muchas afirmaciones del Doctor Balaciart que pueden sorprender al lector, vamos a finalizar el artículo, por no hacernos demasiado extensos, con la que calcula una esperanza de vida media de 35 años para los benicarlandos. En primer lugar, esa cifra no debe interpretarse, como se hace habitualmente, como que hacia esa edad una persona ya se podía considerar anciana y, por tanto, cercana a la defunción, lo cual sería muy sorprendente. Cifras parecidas aparecen al analizar las sociedades que todavía no son industriales o gozan de los avances médicos modernos. Un cálculo tan llamativo viene provocado por el hecho de la enorme mortalidad infantil. En este tipo de sociedades era habitual que la mitad de los seres humanos muriesen antes de los 10 años de edad. Superada esa franja crítica, era totalmente habitual llegar a las edades que seguimos considerando propias de la senectud.
Para ejemplificarlo con un estudio concreto, podemos citar el magnífico Benicarló, 1841-1965, de Juan Luis Constante.
La mortalidad alcanzaba valores escalofriantes entre los sectores de población de menor edad hasta el momento en el que pudo darse por concluido el proceso de revolución demográfica. La aportación de estos grupos al total anual de defunciones de cualquier año común se colocaba al filo o sobrepasaba, por término medio, el 50% de las muertes habidas en Benicarló. En los años en los que se producía algún brote contagioso o se acentuaba la desnutrición, los valores se elevaban considerablemente, pudiendo situarse con cierta frecuencia los relativos entre el 60% y el 80%.
En los primeros años de vida era muy elevada la sensibilidad del organismo a todo tipo de afecciones, a lo que podía contribuir el bajo nivel de defensas naturales por causa de una deficiente alimentación. Además de verse afectados los grupos de menor edad por las dolencias más propias de la infancia, incidía también sobre ellos cualquier brote maligno desarrollado en la localidad, el cual causaba estragos sin distinción de edades.
Fuentes:
Bouza Vila, J. (2002). Naturaleza, trabajo y salud. Benicarló en 1830 según el «Bosquejo tipográfico» del dr. Antonio Balaciart. Boletín del Centro de Estudios del Maestrazgo, (68), 119–142. (Ponencia presentada con motivo de las VIII Jornadas de Estudio del Maestrat, Albocàsser, octubre de 2002).
Sabaté i Bosch, J. M. (2004). Aspectes sanitaris de Benicarló i els pobles del seu entorn en el primer terç del segle XIX: Notícia del “Bosquejo Topográfico de la Villa de Benicarló considerado física y médicamente con relación à los pueblos limítrofes de Peñíscola, Vinaróz y Calig” d’Antonio Balaciart. Gimbernat: Revista Catalana d’Història de la Medicina i de la Ciència, 42, 293-301.
Constante Lluch, J. L. (2012). Benicarló, 1841–1965. Onada Edicions.
Alcaide González, R. (1999, 15 de octubre). La introducción y el desarrollo del higienismo en España durante el siglo XIX. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, (50). Universitat de Barcelona.https://www.ub.edu/geocrit/sn-50.htm
Báguena Cervellera, M. J. (1999). Algunos aspectos de la asimilación de la teoría del contagio animado en la España del siglo XIX. Cronos, 2(2), 285–308. https://digital.csic.es/bitstream/10261/101125/1/Cronos_2_2_1999_285-308.pdf


